Tengo el placer de transmitir al Congreso la Estrategia Nacional para el Control de las Drogas de 1997. Esta estrategia renueva nuestro compromiso bipartidista de reducir el abuso de las drogas y sus consecuencias destructivas. La estrategia es producto del esfuerzo federal combinado y coordinado por el Director de la Política Nacional para el Control de las Drogas, Barry McCaffrey, e incorpora a cada uno de los Departamentos y mas de 50 agencias. Consta con el apoyo de todos los líderes estatales y locales de todo el país que comparten la responsabilidad de proteger a nuestros niños y a la ciudadanía del látigo de las drogas ilícitas.
En la Estrategia Nacional para el Control de las Drogas de 1996, sentamos las bases de un esfuerzo nacional coherente, racional, y de largo plazo, encaminado a reducir el uso de drogas ilícitas y sus consecuencias. Usando esas bases como marco de referencia, la Estrategia Nacional para el Control de las Drogas de 1997 adopta una estrategia nacional para el control de las drogas de 10 años la cual contiene medidas cuantificable de efectividad. El uso de una estrategia de largo plazo, con informes anuales al Congreso sobre el progreso alcanzado y un con constante acercamiento hacia el pueblo norteamericano, nos permitirá poner en marcha un plan dinámico y comprensivo para la Nación y nos permitirá alcanzar nuestros objetivos.
En base a la experiencia de los esfuerzos federales para controlar las drogas en las décadas pasadas, sabemos que no alcanzaremos nuestros objetivos de la noche a la mañana. Pero nuestro éxito en reducir el uso casual de las drogas ilícitas en la última década demuestran que el abuso de las drogas no es una enfermedad social incurable. Gracias a los esfuerzos bipartidistas del Congreso y de las tres últimas administraciones, y a una combinación de esfuerzos de amplio alcance por parte de los ciudadanos y las comunidades de todos los Estados Unidos, hemos logrado grandes avances en reducir el uso de las drogas desde la década de 1970.
No obstante, nos preocupa grandemente la creciente tendencia entre los jóvenes norteamericanos al uso de drogas. Mientras el uso de drogas en general se ha reducido drasticamente -- a la mitad en 15 años -- en los Estados Unidos, el consumo de drogas entre los adolescentes continúa creciendo. Por ello, el objetivo número uno de nuestra estrategia es motivar a los jóvenes norteamericanos a rechazar el uso de drogas y substancias ilícitas.
Nuestra estrategia incluye programas que ayudarán a los jóvenes a reconocer los riesgos terribles asociados con el uso de substancias ilícitas. El pilar fundamental de nuestros esfuerzos será nuestra campaña nacional que dirigirá a los jóvenes consistentes mensajes antidroga, a través de los medios de comunicación. Pero el gobierno no puede realizar esta tarea por sí solo. Instamos a los medios de comunicación y a la industria del entretenimiento a que se unan a nosotros renunciando a proyectar el consumo de drogas como algo encantador y atractivo y presentando en forma realista sus consecuencias negativas.
Todos los norteamericanos deben aceptar la responsabilidad de enseñar a la juventud que las drogas son malas, que son ilegales y que su uso puede ser fatal y hasta costarle la vida. Debemos renovar
nuestro compromiso de seguir fielmente las estrategias para disuadir el uso de drogas por primera vez y detener la progresión del uso del alcohol y el tabaco al uso de drogas ilegales.
Al mismo tiempo que continuamos enseñando a nuestros niños los peligros de las drogas, también tenemos que incrementar la seguridad de nuestros ciudadanos reduciendo substancialmente los crímenes y la violencia vinculados a las drogas. Al inicio de mi administración, decidimos cambiar el enfoque en relación al crimen, poniendo mas oficiales de la policía en nuestras calles, quitando las armas de las manos de los criminales y los jóvenes y quebrando las pandillas callejeras violentas. Estamos haciendo una diferencia. Por quinto año consecutivo, se han reducido los crímenes serios en este país. Este es el período mas largo de reducción en mas de 25 años. Pero en nuestro trabajo aún falta mucho por cumplir y debemos de continuar avanzando en la dirección correcta.
Mas de la mitad de las personas que están en el sistema de justicia criminal nacional tienen problemas con el abuso de substancias. A menos que rompamos el ciclo de las drogas y la violencia, los criminales con drogadicción terminarán regresando a las calles, a cometer mas crímenes y regresando al sistema de justicia criminal, siempre con drogadicción. El sistema de justicia criminal debería reducir la demanda de las drogas -- y no prolongarla o tolerarla. Nuestra estrategia pone en marcha las pruebas y las sanciones por medio de la abstinencia forzada, como una forma de reducir el nivel de consumo de las drogas entre los delincuentes que están bajo la supervisión de la justicia criminal, y de esta forma, reducir el nivel de otro tipo de conducta criminal.
Nuestra estrategia apoya la expansión de lugares de trabajo libres de las drogas, los cuales han tenido mucho éxito, y continuaremos buscando tratamientos por el uso de drogas mas efectivos, eficientes y accesibles a fin de asegurar que estamos dando respuestas a las tendencias que emerjan sobre el abuso de las drogas.
Debemos continuar protegiendo el espacio, tierra, y las fronteras marítimas de los Estados Unidos contra la amenaza de las drogas. Asignando más recursos que nunca antes a la protección de la frontera suroeste, estamos incrementando los decomisos de drogas, parando a los contrabandistas de drogas, y quebrando grandes operaciones de tráfico ilegal de drogas. Debemos continuar nuestros esfuerzos de interdicción, lo cuales han permitido interrumpir fuertemente los patrones de tráfico de los contrabandistas de cocaína y han bloqueado el flujo libre de la cocaína a través del Caribe occidental y hacia la Florida y el sureste.
Nuestros esfuerzos comprensivos para reducir el flujo de las drogas no pueden limitarse al decomiso de las drogas cuando éstas entran los Estados Unidos. Debemos persistir en nuestros esfuerzos encaminados a quebrar las fuentes internas y externas de la oferta. Sabemos que trabajando con las naciones que sirven de origen y tránsito, podemos reducir fuertemente la oferta externa. Las organizaciones internacionales de narcotraficantes criminales constituyen una amenaza para nuestra seguridad nacional. Pero si estas redes se constituyen en nuestros blancos, podemos desmantelarlas -- como lo hicimos en el caso del Cartel de Cali.
Continuaremos oponiéndonos a las demandas de legalización de drogas ilícitas. Hoy mas que nunca debemos permanecer vigilantes. Continuaremos garantizando que todos los norteamericanos tengan acceso a la medicina segura y efectiva. Sin embargo, el actual movimiento a favor de la legalización de las drogas envía una señal errónea a nuestros niños; socaba los esfuerzos concertados de los padres, educadores, hombres de negocios, dirigentes electos, grupos comunales, y otros encaminados a alcanzar una sociedad sana y libre de las drogas.
Estoy convencido de que podemos hacerle frente al desafío nacional del abuso de las drogas ampliando nuestra visión estratégica hacia el futuro, educando a la ciudadanía, tratando la adicción, y tomando la iniciativa de encarar a los criminales que trafican no solo con las drogas ilegales sino también con la miseria humana y las vidas perdidas.
Todos los años, la drogadicción mata 14,000 norteamericanos y cuesta a los contribuyentes aproximadamente $70,000 millones. El abuso de las drogas fomenta el abuso de la esposa y los niños, los crímenes violentos y los crímenes contra la propiedad, el encarcelamiento de jóvenes, hombres y mujeres, la propagación del SIDA, los accidentes de tránsito y en el trabajo, y el absentismo de la fuerza laboral.
Por nuestros hijos y por la Nación, debemos confrontar esta amenaza por medio de una estrategia racional, coherente, cooperativa y de largo plazo. Pido al congreso que sea mi socio en la ejecución de esta estrategia nacional para reducir el uso de las drogas ilícitas y su impacto devastador en los Estados Unidos.

LA CASA BLANCA